Si estás pensando en hacer un crucero fluvial con niños, seguramente ya te hayas hecho la misma pregunta que nosotros antes de reservar: ¿es realmente una buena idea?
En las fotos todo parece perfecto, pero antes de dar el paso nos surgieron un montón de dudas. ¿Se aburrirían durante la navegación? ¿Sería seguro? ¿Dormirían bien en el barco? ¿Cómo serían las esclusas? ¿Acabaríamos disfrutando de las vacaciones o pasando el día entreteniendo a las niñas?
Nuestro primer crucero fluvial por Francia lo hicimos cuando África tenía siete años y Zoe tres. Dos años después repetimos la experiencia en otra ruta, esta vez con ellas de nueve y cinco años. Después de dos viajes, ya sabemos qué preocupaciones eran reales y cuáles desaparecieron nada más subir al barco.
En este artículo respondemos a todas esas dudas desde nuestra propia experiencia para ayudarte a decidir si un crucero fluvial es una buena opción para viajar en familia.
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¿Es seguro viajar en un barco con niños?
Esta era la duda que más nos preocupaba antes de reservar nuestro primer crucero. Nunca habíamos llevado un barco y la idea de viajar con África de siete años y Zoe de tres nos daba bastante respeto. La verdad es que, después de hacerlo dos veces, creo que nos preocupaba mucho más de lo que hacía falta.
Nada más llegar a la base nos enseñaron a manejar el barco y, antes de salir, nos tomamos un rato para enseñarles a las niñas cómo era todo. Igual que cuando llegas a un apartamento o a una autocaravana nueva, los primeros minutos sirven para ubicarse y explicar las normas.
Las nuestras eran muy sencillas: no correr por la cubierta, no tocar los mandos del barco, no jugar con los cabos y salir a cubierta solo si alguno de nosotros estaba con ellas. Durante las esclusas también se quedaban siempre dentro del barco mientras nosotros hacíamos la maniobra.
Los dos primeros días estuvimos bastante pendientes. Ellas tenían que acostumbrarse a moverse por el barco y nosotros probablemente les repetimos las normas más veces de la cuenta. Creo que fui un poco pesada… pero era normal. Era la primera vez para todos.
En cuanto cogieron confianza y entendieron cómo moverse por el barco, dejó de ser un tema. Al final es cuestión de tener un poco de sentido común, igual que cuando estás de vacaciones cerca de una piscina, un río o el mar. Nosotros nunca vivimos ninguna situación que nos hiciera pensar que no era un viaje adecuado para hacer con niños.
Aunque nos pareció un viaje muy seguro, nosotros nunca viajamos sin un buen seguro de viaje, especialmente cuando vamos con las niñas. En los dos cruceros llevábamos nuestro seguro de viaje de IATI, que además cubría la asistencia médica y otras incidencias que siempre pueden surgir durante unas vacaciones. Esperamos no tener que utilizarlo nunca, pero preferimos viajar con esa tranquilidad. Si todavía no tienes uno, puedes aprovechar nuestro descuento en IATI.
¿Se aburren los niños durante un crucero fluvial?
Esta era otra de nuestras grandes dudas antes de reservar. Cuando piensas en un crucero fluvial imaginas muchas horas navegando y es fácil preguntarse si los niños acabarán cansándose.
El primer viaje fue probablemente el más fácil en este sentido porque vino mi hermana Pati con nosotros. África tenía siete años y Zoe tres, así que siempre había un adulto conduciendo el barco y otro disponible para jugar con ellas, leer un cuento o simplemente bajar a tierra cuando atracábamos. Además, el barco era un poco más grande, por lo que también tenían más espacio para jugar dentro.
En el segundo viaje ya solo íbamos los cuatro y coincidimos con una ola de calor bastante intensa. Durante las horas centrales del día hacía demasiado calor para estar en cubierta, pero el salón tenía aire acondicionado y ellas se entretenían allí jugando, leyendo o coloreando mientras nosotros navegábamos.
Cada una llevaba su propia mochila de Bloguera Viajera con libros, cuadernos para colorear y algunos juguetes pequeños. También metimos varios juegos de viaje que acabamos utilizando muchísimo por las tardes y por las noches, después de cenar.
Pero lo que mejor funcionó fue aprovechar todo lo que iba apareciendo durante la navegación. Cada vez que veíamos algo diferente las llamábamos para salir a cubierta. A África le encantaban los túneles y también iba pendiente de los pájaros y de todo lo que aparecía por el canal. Las esclusas, los puentes o cruzarnos con otros barcos rompían la navegación y hacían que siempre estuviera pasando algo.
Y cuando atracábamos, empezaba otra parte del viaje. Sacábamos las bicicletas para recorrer el pueblo, buscábamos un parque infantil, paseábamos por el centro histórico o simplemente nos tomábamos un helado mientras descubríamos un sitio nuevo. En Aquitania incluso pasamos una tarde bañándonos en un lago, mientras que en Alsacia aprovechamos una de las zonas de baño autorizadas para refrescarnos durante la ola de calor.
Unas semanas después de volver le pregunté a África qué había sido lo que más le había gustado del viaje. Pensé que hablaría de algún pueblo o de las bicicletas, pero su respuesta fue muy distinta: los túneles. Y cuando le pregunté si repetiría, me dijo que sí… aunque dentro de unos años, porque antes quiere seguir conociendo otros lugares.
Creo que esa conversación resume bastante bien cómo vivieron ellas el crucero. Para los niños, el barco no es solo el medio de transporte; también forma parte del juego y de la aventura.
¿Qué edad recomendamos para hacer un crucero fluvial con niños?
Es una de las preguntas que más nos hacen y, después de haber hecho dos cruceros fluviales en familia, creo que no hay una única respuesta.
Nuestro primer viaje fue con África de siete años y Zoe de tres. El segundo, dos años después, con nueve y cinco. En ambos disfrutaron muchísimo, aunque la experiencia fue diferente.
En Aquitania, Zoe todavía iba en la sillita infantil de la bicicleta cuando bajábamos a recorrer los pueblos. África ya pedaleaba sola y, aunque todavía era un poco insegura en algunos momentos, las carreteras tranquilas junto a los canales eran un sitio perfecto para que pudiera disfrutar sin el tráfico de una ciudad.
¿Lo haría con un bebé? Creo que sí, pero siendo consciente de que el viaje cambia bastante. Las esclusas, por ejemplo, suelen ser una maniobra en la que dos adultos tienen trabajo al mismo tiempo. Si viajas solo dos personas y una lleva un bebé en brazos, la organización se complica bastante. No es imposible, pero sí requiere planificar mejor cada maniobra y adaptarse al ritmo del pequeño.
Personalmente, creo que a partir del año o año y medio el viaje resulta mucho más cómodo. Los niños ya empiezan a disfrutar de los paseos en bicicleta, de los parques, de ver pasar los barcos, los animales o las esclusas, y para los padres también es más fácil moverse por el barco durante la navegación.
Aun así, más que la edad, creo que influye el tipo de familia que seáis. Si estáis acostumbrados a viajar con vuestros hijos y a adaptar el viaje a su ritmo, un crucero fluvial es una opción mucho más sencilla de lo que imaginábamos antes de probarlo.
Lo que más disfrutaron nuestras hijas
África siempre ha sido muy curiosa y enseguida empezó a interesarse por la propia navegación. Le encantaba salir a cubierta cuando había algo diferente que ver. Los túneles fueron, sin duda, su momento favorito. También disfrutaba intentando localizar pájaros junto al canal o viendo cómo funcionaban las esclusas.
De hecho, unas cuatro semanas después de volver de Alsacia le pregunté qué había sido lo que más le había gustado del viaje. Pensé que me hablaría de algún pueblo, de las bicicletas o de algún parque, pero respondió sin dudarlo: los túneles. Cuando le pregunté si repetiría otro crucero fluvial, me dijo que sí… aunque dentro de unos años, porque antes quería conocer otros sitios.
Zoe, en cambio, disfrutó el viaje de otra manera. Cuando hicimos el primer crucero tenía solo tres años y todo era una aventura: montar en la sillita de la bicicleta, bajar a los parques cuando atracábamos o simplemente jugar dentro del barco. En el segundo viaje, con cinco años, ya era mucho más independiente y pasaba horas entretenida con su hermana.
Hubo algo que nos llamó mucho la atención en los dos cruceros. Las niñas tardaron muy poco en hacer suyo el barco. El salón acabó convirtiéndose en su rincón y, por momentos, parecía su habitación de casa: libros, muñecos, lápices de colores y juguetes repartidos por todas partes.
Jugaban muchísimo juntas. Claro que también había alguna discusión por un juguete o porque una había cogido algo de la otra, exactamente igual que en casa. Para nosotros eso era una buena señal. Habían dejado de sentirse «de vacaciones en un barco» y el barco se había convertido en su casa durante unos días.
Y, pensándolo ahora, hay una frase que prácticamente no recuerdo haber escuchado en ninguno de los dos viajes: «Me aburro».
Entre la navegación, las bicicletas, los parques infantiles, los pueblos que visitábamos y todo lo que iba apareciendo durante el recorrido, siempre encontraban algo que hacer. Y cuando hacía demasiado calor para estar fuera, simplemente volvían a su salón, sacaban los juguetes y seguían jugando como cualquier tarde en casa. Creo que eso explica mejor que nada por qué la experiencia funcionó tan bien con ellas.
Lo que nosotros más disfrutamos como padres
Después de dos cruceros fluviales, creo que lo que más nos enamoró fue el ritmo del viaje. Estamos acostumbrados a viajar intentando aprovechar cada día al máximo, cambiando de alojamiento, haciendo kilómetros y viendo muchos lugares en poco tiempo. Un crucero fluvial es justo lo contrario. Aquí la navegación no es el tiempo que pierdes para llegar al siguiente destino, sino una parte más de las vacaciones.
Mientras el barco avanzaba despacio, nosotros disfrutábamos del paisaje y las niñas jugaban, leían, dibujaban o simplemente observaban lo que iba apareciendo por el canal. Nadie tenía prisa por llegar. El viaje era precisamente estar allí.
También nos encantó que cada parada fuera diferente. Algunos días atracábamos para recorrer un pueblo en bicicleta, otros para hacer la compra en una boulangerie, buscar un parque para las niñas o simplemente sentarnos en una terraza a tomar un helado antes de volver al barco y seguir navegando.
Pero si tengo que quedarme con un momento del viaje, sería el final del día. Cuando África y Zoe ya estaban dormidas, Mike y yo subíamos a la cubierta superior con una copa de vino. Después de un día entero navegando, el canal quedaba completamente en silencio. Nos sentábamos allí a hablar de cómo había ido el día, planear dónde pararíamos al siguiente o simplemente disfrutar de la tranquilidad.
Son momentos muy sencillos, pero son los que más recordamos cuando pensamos en nuestros dos cruceros.
¿Repetiríamos? Sin ninguna duda. No por los pueblos o por las esclusas, sino porque es una forma de viajar que te obliga a ir más despacio. Durante unos días dejas de pensar en el siguiente sitio que visitar y empiezas a disfrutar mucho más de lo que está pasando en ese momento. Y, al final, eso es exactamente lo que buscábamos.
Entonces… ¿es buena idea hacer un crucero fluvial con niños?
Si nos hubieran hecho esta pregunta antes de nuestro primer viaje, probablemente habríamos respondido con muchas dudas. Después de dos cruceros fluviales por Francia, la respuesta es un sí rotundo.
No porque sea el viaje perfecto para todas las familias, sino porque ofrece algo que cada vez cuesta más encontrar: tiempo.
Tiempo para jugar, para hablar, para descubrir pueblos sin prisas, para comer juntos, para montar en bicicleta y para disfrutar del propio camino. La navegación deja de ser un simple desplazamiento y se convierte en parte de las vacaciones.
Si buscas hoteles con animación, parques acuáticos o actividades organizadas todo el día, probablemente este no sea vuestro tipo de viaje. Pero si os gusta viajar despacio, disfrutar de la naturaleza y vivir una experiencia diferente en familia, creemos que es una de las mejores vacaciones que hemos hecho.
Nosotros ya hemos repetido una vez y estoy bastante segura de que volveremos a hacerlo. Quizá no el año que viene, África ya nos ha dicho que antes quiere descubrir otros destinos, pero cuando volvamos a tener ganas de bajar el ritmo y disfrutar del camino tanto como del destino, un crucero fluvial volverá a estar entre nuestras primeras opciones.
Preguntas frecuentes
¿Es seguro hacer un crucero fluvial con niños?
Sí, siempre que se sigan unas normas básicas de seguridad. Los canales son tranquilos, la navegación es lenta y los barcos disponen de chalecos salvavidas para todas las edades. En nuestro caso, las niñas solo podían estar en cubierta con un adulto y durante las esclusas permanecían dentro del barco.
¿A partir de qué edad recomendamos un crucero fluvial con niños?
Nosotros viajamos con niñas de tres, cinco, siete y nueve años y disfrutaron mucho en ambas ocasiones. Creemos que es un viaje especialmente cómodo a partir del año o año y medio, aunque dependerá de cada familia y de cómo estéis acostumbrados a viajar con vuestros hijos.
¿Se aburren los niños durante la navegación?
En nuestra experiencia, no. Entre los pueblos, las bicicletas, los parques infantiles, los juegos que llevábamos a bordo y todo lo que iban descubriendo durante la navegación, nunca escuchamos el típico «me aburro».
¿Duermen bien los niños en un barco?
Sí. En nuestros dos cruceros las niñas compartieron camarote y durmieron perfectamente. Al final del día llegaban tan cansadas de montar en bicicleta, jugar y pasar tiempo al aire libre que se dormían enseguida.
¿Hay espacio suficiente para una familia?
Más del que imaginábamos antes de viajar. Durante los dos cruceros el salón acabó siendo el rincón favorito de las niñas, donde jugaban, leían y coloreaban. Es verdad que, por momentos, parecía su habitación de casa con juguetes por todas partes, pero nunca tuvimos sensación de agobio.
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